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jueves, 16 de abril de 2015

Debora una mujer Valiente ( Breve )


Débora, una mujer valiente

Detrás de cada hombre hay una gran mujer. Este dicho popular se puede aplicar también a muchos de los personajes bíblicos. Resulta difícil pensar en Adán sin hacerlo también de Eva, o de Abraham sin Sara. Sin embargo, no es común que se considere a las mujeres como principales protagonistas de los diferentes episodios de la historia de la salvación del Pueblo de Dios. En el Antiguo Testamento, quizás las únicas ocasiones sean las historias de Rut y Naomí, la reina Ester y la Juez Débora. Mientras que Rut y Ester tienen sus propios libros en la Biblia, la historia de Débora ocupa sólo 54 versículos del libro de los Jueces y por ello frecuentemente se pasa por alto.

La historia de Débora se sitúa tras la conquista de Canaá cuando las doce tribus de Israel, lideradas por Josué, empezaron a asentarse en la Tierra Prometida. Pero Canaá no estaba vacía, sino que en ella residían otras tribus, lo cual generaba problemas políticos, territoriales, culturales y religiosos que frecuentemente terminaban en conflictos armados. Cuando estos surgían, las tribus de Israel se agrupaban a modo de federación para unir sus fuerzas. Era entonces cuando de entre todos se designaba un líder para guiarlos en las batallas. A esos líderes se les llamaba Jueces. El libro de Jueces narra las historias de 12 de esos líderes militares, entre los que se encuentra Débora. Ésta destaca no sólo por ser la única Juez femenina, sino también porque es una de las pocas mujeres calificada como profetisa en la Biblia (otras son Miriam, Huldá, Ana y las hijas de Felipe).

Débora emerge como Juez cuando el rey cananeo de Azor, Jabín, había subyugado a los israelitas. Entonces ella llama a Barak para que éste dirija las tropas contra Sisera, el general de Jabín. Pero Barak, atemorizado por los 900 carros de combate de Sisera, acepta su nombramiento con la condición de que Débora lo acompañe al campo de batalla. Ella accede pero profetiza que no será Barak quien destruya a Sisera, sino que lo hará otra mujer. La batalla finalmente tomó lugar y, aunque los israelitas resultaron vencedores, Sisera logró escapar y esconderse en la tienda de Jael, la mujer de un aliado suyo. Esa noche, mientras que Sisera dormía tras haber sido recibido por Jael, ésta tomó un clavo de la tienda y se lo clavó en la sien al general cananeo. De esta forma se cumplió la profecía de Débora y las tribus de Israel vivieron en paz 40 años. Ante la cobardía de Barak y el poderío de Sisera, se alzan la valentía de Débora y la determinación de Jael, dos mujeres que liberan al Pueblo de Dios y protegen la Tierra Prometida.

Liderazgo

Miramos los noticieros en la televisión y vemos reportajes sobre los políticos y líderes sociales que se encuentran envueltos en escándalos de corrupción, de abuso de poder, que están siendo juzgados, en prisión, o bajo investigación. Sean quienes sean los protagonistas, estos escándalos, que a menudo reflejan actitudes inmorales e incluso pecaminosas, suceden en nuestras comunidades, en nuestros países y, tristemente, en nuestra propia iglesia.

Existe la tentación de caer víctimas de la indiferencia, el escepticismo, o incluso el pesimismo, especialmente cuando vemos que las ganancias e intereses personales de algunos de nuestros líderes se anteponen a las responsabilidades que tienen ante las comunidades que lideran. Nuestra historia de fe, narrada en la Biblia, refleja sentimientos y situaciones similares a las que se nos presentan hoy día. En tiempo de los Jueces, por ejemplo, los israelitas se dejaban llevar por los atractivos de las religiones idólatras cananeas y los líderes de las tribus de Israel fallaban a la hora de recordar al pueblo su Alianza con Dios. A veces son los propios líderes quienes dirigen mal y confunden al Pueblo de Dios. Pero Dios jamás abandona a su pueblo, pues Él si se mantiene fiel a sus promesas. Dios protege a su pueblo llamando a buenos líderes para que asuman las responsabilidades de guiar al pueblo.

Frecuentemente los elegidos son los menos esperados, como Moisés, un hebreo criado como realeza, culpable de asesinato y un poco tartamudo. O Abrahán y Sara, que eran viejos y no tenían descendencia; el rey David, un joven pastor, o el profeta Isaías que no sabía qué decir. Jonás era un miedoso. Y los apóstoles que se buscó Jesús eran pescadores o estaban mal vistos por ser recaudadores de impuestos. Incluso el gran san Pablo había perseguido a los cristianos. ¡Los jueces no fueron excepciones! Jefté era un ladrón; Gedeón, el hijo de un idólatra; Sansón, el hijo de una mujer infértil y Débora una mujer. A veces las personas que se convierten en transmisoras del mensaje de Dios no son siquiera del pueblo adecuado, como por ejemplo la samaritana con la que conversa Jesús junto al pozo; el centurión que tiene un hijo enfermo; Rahab, la prostituta de Jericó, y en la historia de Débora, Jael, la mujer cananea.

Dios siempre invita al liderazgo de acuerdo a las necesidades del momento. A veces la llamada tiene lugar cuando menos lo esperamos, o la invitación es a quien menos lo imaginamos. Nuestros retos están en saber escuchar y responder a su llamada en nuestras vidas y en reconocer el liderazgo de los demás. Cuando aceptamos ser líderes dentro de nuestra propia comunidad, cuando ponemos nuestros talentos al servicio del Reino de Dios y cuando cooperamos con todos en la misión que Cristo nos ha encomendado, entonces ya no habrá lugar para el pesimismo, la indiferencia y la desesperanza.

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