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domingo, 3 de mayo de 2015

Dos Hermanas Rivales


Dos hermanas rivales “edificaron la casa de Israel”
LA LUZ del amanecer pronto revelaría la verdad, y Lea lo sabía. Jacob se daría cuenta de inmediato de que la mujer que estrechaba entre sus brazos era ella y no su hermana menor, Raquel. Siguiendo las instrucciones  de su padre, Lea —probablemente cubierta con un tupido velo— se había acostado la noche anterior en el lecho nupcial preparado para Jacob y Raquel.
Imagínese cómo debió sentirse Jacob cuando la luz de la mañana puso al descubierto el engaño. Indignado, le pidió cuentas a su suegro, Labán. Entretanto, Lea seguramente pensaba en la parte de responsabilidad que había tenido en el engaño y en las consecuencias que eso tendría a largo plazo para ella. La historia de la vida de Lea y Raquel constituye una parte fundamental del relato bíblico. Además, ilustra por qué la monogamia y la fidelidad conyugal son tan importantes.
Un desconocido junto al pozo
Siete años antes, Raquel se había encontrado junto al pozo con un desconocido que decía ser pariente suyo, y había ido corriendo a contárselo a su padre. El hombre era adorador de Jehová y resultó ser su primo Jacob, hijo de la hermana de su padre. Tan solo un mes después, Jacob se ofreció a trabajar siete años para Labán a cambio de la mano de Raquel. Como en aquel entonces era común el matrimonio entre parientes, y viendo que su sobrino era un buen trabajador, Labán aceptó su oferta (Génesis 29:1-19).
Lo que Jacob sentía por Raquel no era un simple capricho pasajero, pues los siete años de noviazgo “resultaron como  unos cuantos días debido al amor que le tenía” (Génesis 29:20). Jacob amó a Raquel hasta  el día de su muerte, lo que indica que debió ser una mujer  de bellas cualidades.
¿Y Lea? ¿Querría ella también casarse con alguien que sirviera a Jehová? La Biblia no lo revela, pero sí indica los planes que Labán tenía para ella. Según el relato bíblico, cuando llegó el momento de entregar a Raquel en matrimonio, Labán celebró un banquete de bodas. Pero por la noche entregó a Lea para que Jacob “tuviera relaciones con ella” (Génesis 29:23).
¿Fue Lea cómplice del engaño, o simplemente se vio obligada a obedecer a su padre? ¿Y dónde se encontraba Raquel? ¿Sabía lo que estaba pasando? Si así fue, ¿cómo se sintió? ¿Pudo ella haberse opuesto a un padre tan autoritario? La Biblia no contesta ninguna de estas preguntas, así que no podemos saber qué opinaban Raquel y Lea. El caso es que cuando Jacob descubrió el engaño, no se enojó con ellas, sino con Labán. A él fue a quien le recriminó: “¿No fue por Raquel que serví contigo? Entonces, ¿por qué me has embaucado?”. ¿Qué justificación dio Labán? “No se acostumbra [...] dar la menor antes de la primogénita. Celebra en su plenitud la semana de esta mujer. Después de eso ciertamente se te dará también esta otra mujer por el servicio que puedas servir conmigo durante otros siete años.” (Génesis 29:25-27.) Sin buscarlo, Jacob quedó atrapado en un matrimonio polígamo que causó muchos celos y amargura.
Una familia infeliz
En comparación con el amor que Jacob le tenía a Raquel, Lea se sentía “odiada”. Consciente de su situación, Dios le “abrió la matriz”, mientras que Raquel permanecía estéril. Sin embargo, Lea quería algo más que un hijo: quería el amor de Jacob. ¡Qué infeliz se sentía viendo que todo el cariño de Jacob era para Raquel! Aun así, parece que esperaba ganarse el amor de su esposo al dar a luz a su primogénito, Rubén, que significa “¡Vean, un Hijo!”. ¿Por qué le puso ese nombre? “Es porque Jehová ha mirado mi miseria —razonaba Lea—, por cuanto ahora mi esposo empezará a amarme.” Pero eso no sucedió, ni siquiera cuando dio a luz un segundo hijo. Lea lo llamó Simeón, nombre derivado de un verbo que significa “oír” o “escuchar”. Ella pensaba: “Es porque Jehová ha escuchado, por cuanto era odiada, y por eso me dio también este” (Génesis 29:30-33).
Si Dios la había escuchado, era porque ella le había orado acerca de su situación, lo que parece indicar que era una mujer de fe. Con todo, siguió sintiéndose desdichada aun después de tener a su tercer hijo, Leví. Lea explica el significado del nombre —“Adherencia” o “Unido”— diciendo: “Esta vez mi esposo se unirá a mí, porque le he dado a luz tres hijos”. Sin embargo, los sentimientos de Jacob hacia ella no cambiaron. Es posible que Lea finalmente se resignara a su situación, pues el nombre que le puso a su cuarto hijo no contiene ninguna referencia a su deseo de que Jacob la amara. El nombre de Judá —que significa “Elogiado” u “Objeto de elogio”— era sencillamente una expresión de agradecimiento. Lea se limitó a decir: “Esta vez elogiaré a Jehová” (Génesis 29:34, 35).
Es cierto que Lea no era feliz, pero Raquel tampoco. Esta llegó incluso a suplicarle a Jacob: “Dame hijos, o si no seré mujer muerta” (Génesis 30:1). Raquel contaba con el amor de Jacob, pero quería tener hijos. Lea tenía los hijos, pero quería el amor. Cada una deseaba lo que la otra tenía, y los celos les amargaban la vida. Ambas amaban a Jacob y querían darle hijos, pero ninguna de las dos era feliz. ¡Qué triste situación la de esta familia!
Los hijos de Raquel
En aquel entonces, la esterilidad se consideraba una desgracia. Dios había prometido a Abrahán, Isaac y Jacob que de su familia saldría la “descendencia” mediante la cual todas las familias de la Tierra recibirían bendiciones (Génesis 26:4; 28:14). Sin embargo, Raquel seguía estéril. Jacob pensaba que solo Dios podía concederle hijos a Raquel y así darle la oportunidad de contribuir a que esas bendiciones se hicieran realidad. Pero Raquel no fue paciente. “Aquí está mi esclava Bilhá —le dijo a Jacob—. Ten relaciones con ella, para que dé a luz sobre mis rodillas y para que yo, sí, yo, consiga de ella hijos.” (Génesis 30:2, 3.)
Tal vez nos sorprenda la reacción de Raquel. No obstante, diversos contratos matrimoniales encontrados en Oriente Próximo indican que antiguamente era habitual que una esposa estéril le proporcionara una esclava a su esposo para que este tuviera un heredero (Génesis 16:1-3).* Incluso había ocasiones en que los hijos de dicha esclava se consideraban hijos de la esposa.
Cuando Bilhá dio a luz un hijo, Raquel dijo entusiasmada: “Dios ha obrado como juez mío y también ha escuchado mi voz, de modo que me dio un hijo”. Por eso, le puso por nombre Dan, que significa “Juez”. Es obvio que ella también le había orado a Dios acerca de su situación. Con motivo del nacimiento del segundo hijo de Bilhá —cuyo nombre, Neftalí, quiere decir “Mis Luchas”—, Raquel exclamó: “Con enérgicas luchas he luchado con mi hermana. ¡También he salido vencedora!”. Estos nombres muestran claramente la rivalidad que existía entre ambas hermanas (Génesis 30:5-8).
Al darle a Jacob su sierva Bilhá, es posible que Raquel creyera que estaba actuando de acuerdo con sus oraciones, pero esa no era la forma en la que Dios le iba a dar hijos. Aquí hay una lección para todos nosotros. Cuando le pedimos algo a Jehová, no debemos impacientarnos. Él puede contestar nuestras oraciones de maneras que no nos imaginamos y cuando menos lo esperamos.
Para no ser menos, Lea también le entregó a su esposo su sierva Zilpá. Jacob tuvo dos hijos con ella: primero Gad y luego Aser (Génesis 30:9-13).
Cierto incidente que tuvo lugar cuando Rubén, el hijo de Lea, encontró unas mandrágoras pone de manifiesto la rivalidad entre ambas hermanas. En aquellos tiempos se creía que este fruto favorecía la fecundidad. Cuando Raquel le pidió unas pocas, Lea respondió con rabia: “¿Es esto cosa pequeña, el que hayas tomado a mi esposo, que ahora hayas de tomar también las mandrágoras de mi hijo?”. Hay quienes piensan que con estas palabras Lea estaba dando a entender que Jacob estaba más con Raquel que con ella. Eso explicaría por qué Raquel, tal vez viendo que Lea tenía motivos para quejarse, respondió: “Por esa razón él va a acostarse contigo esta noche a cambio de las mandrágoras de tu hijo”. Así que, cuando Jacob regresó esa noche, Lea le dijo: “Es conmigo con quien vas a tener relaciones, porque te he alquilado directamente con las mandrágoras de mi hijo” (Génesis 30:15, 16).
Además de los otros cuatro, Lea dio a luz dos hijos más, Isacar y Zabulón. Entonces declaró: “Por fin me tolerará mi esposo, porque le he dado a luz seis hijos” (Génesis 30:17-20).*
Las mandrágoras nunca surtieron efecto. Cuando por fin Raquel pudo concebir y dar a luz a José tras seis años de matrimonio, fue porque Jehová “se acordó” de ella y respondió a su oración. Solo entonces pudo exclamar Raquel: “¡Dios ha quitado mi oprobio!” (Génesis 30:22-24).
El legado que dejaron tras su muerte
Raquel murió durante el parto de su segundo hijo, Benjamín. Jacob amó profundamente a Raquel, al igual que a los dos hijos que ella le dio. Años después, estando ya a punto de morir, Jacob no pudo evitar recordar la prematura muerte de su amada Raquel (Génesis 35:16-19; 48:7). Con respecto a la muerte de Lea, no sabemos mucho: solo que fue enterrada en la misma cueva donde Jacob quería que lo enterraran a él (Génesis 49:29-32).
Siendo ya muy mayor, Jacob reconoció que su vida —sobre todo su vida de familia— había sido muy angustiosa (Génesis 47:9). De seguro también lo fue para Lea y para Raquel. Su caso evidencia las tristes consecuencias de la poligamia y demuestra por qué Jehová estableció que el hombre debe tener una única esposa (Mateo 19:4-8; 1 Timoteo 3:2, 12). Cuando un hombre o una mujer no centra su interés romántico y sus deseos sexuales en una única persona —su cónyuge—, surgen los celos. Por esta y otras razones, Dios prohíbe la fornicación y el adulterio (1 Corintios 6:18; Hebreos 13:4).
En cualquier caso, Dios siguió adelante con su propósito —y lo mismo hace hoy— valiéndose de hombres y mujeres fieles aunque imperfectos. Ambas hermanas tenían defectos, igual que todos nosotros. Sin embargo, mediante ellas, Jehová empezó a cumplir la promesa que le había hecho a Abrahán de que tendría una descendencia numerosa. Por eso, bien podemos decir que Raquel y Lea “edificaron la casa de Israel” 

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