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jueves, 23 de abril de 2015

La Historia de Pat Nordberg



Hace unos pocos días leí esta historia y realmente me impacto muchísimo, espero que sea de mucho animo y bendición para tu vida, ¡Créeme que vale la pena leerla!,

así que, aquí está:

La Historia de Pat Nordberg

- Las noticias que debo darle no son buenas -dijo el médico al mirar con rostro grave a Pat Nordberg, de 32 años de edad. Su esposo, Olie, le tomó de la mano.

- Siga, doctor – dijo Pat.

- Tienes un aneurisma en la región más inaccesible del cerebro. Tu condición no permite abrigar esperanzas de que mejores. Puedes morir en cualquier momento. Por otro lado, puedes tener suerte y vivir sin intervención alguna de nuestra parte.

El médico continuo con el escueto y frio informe de los hechos:

- ¿Cirugía? Diría que hay un 10% de posibilidades de supervivencia. Tendríamos que sacar el cerebro de su entorno óseo y sostenerlo íntegramente en nuestras manos. Y no sabemos que consecuencias tendría todo eso sobre tu estado mental, sí sales con vida de la operación.

Aturdidos por la noticia, Olie y Pat caminaron a la playa de estacionamiento como si anduvieran en un mundo irreal. Un amor sin palabras intercomunicaba sus corazones al dirigirse a su hogar.

- ¡Mamita, mamita! – Gritó su hijito de 5 años en tanto corría a refugiarse en el cálido brazo de su hermosa madre. Justamente por su esposo y por su hijo se le hacía dificilísimo tomar una decisión. ¿Escogería la intervención quirúrgica con tan solo una posibilidad en diez de supervivencia? ¿Debería dejar las cosas como estaban y esperar que el próximo dolor de cabeza no llegara nunca?

Recordaba la primera jaqueca que sufrió, algunos meses atrás. Sintió cuando se rompió el vaso sanguíneo y el líquido tibio se esparció en su cerebro bajo el cráneo. Luego se desmayo.

Se tomaron nuevas radiografías. El mismo diagnóstico. Ahí estaba el aneurisma.

- Pat – Dijo el médico – Este es un aneurisma grande. Sí se rompe, morirás con toda seguridad. – Luego explico: – Un aneurisma es un engrosamiento de un vaso sanguíneo, cuyas paredes son frágiles y débiles; nunca podemos anticipar en qué momento se romperá.

¿Porqué yo? ¿Qué es lo qué he hecho? Siempre fui una buena persona. La autoconmiseración se mezclaba con el enojo mientras Pat lloraba sola en su dormitorio. A kilómetros de distancia, Olie, un brillante graduado de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Harvard, oraba a Dios pidiendo su dirección, entre llamadas telefónicas de clientes que se mostraban inquietos y trastornados por sus enormes problemas.

“Buscad primeramente el Reino de Dios”

Las palabras surgieron de la nada en la mente de Pat como la dulce música que inunda una pieza incorporando un toque placentero, así el arribo de este versículo bíblico trajo una divina paz a esta mujer de ojos enrojecidos de tanto llorar. Supo ahora, sin una sombra de duda, lo que tenía que hacer.

Llamo por teléfono a Olie.

– Querido, ya no tengo miedo. Yo sé que sí muero Dios hallará a alguien mejor que yo para amar a mi hijo y a mi esposo.

Luego de una pausa, con absoluta calma le dijo tranquilamente:

- Olie, voy a ver al médico para hacerle saber que me he decidido por la operación.

- Pat será operada. La internan mañana por la mañana. – Con esas palabras la vecina de Pat esparció la noticia de casa en casa en la calle donde vivían, en Fullerton, California. Y añadió:

- Olie la llevará al hospital, de camino a su oficina; no le dan muchas esperanzas de volver con vida o mentalmente sana, pero ella asegura que Dios la dirigió para tomar esa decisión.

A la mañana siguiente un manto de tristeza cubrió las cocinas de toda la calle. Los niños se dirigían presurosos a la escuela, los maridos al trabajo, pero las mujeres de cada hogar vigilaban atentamente sus relojes. Olie saldría de su casa a las ocho en punto. Una vecina les dijo a las demás:

– Salgamos todas a las puertas de calle para despedirla y tirarle un beso, una sonrisa y una oración.

Con toda calma y tranquilidad Pat se metió en el auto en tanto Olie se hizo cargo de la pequeña maleta con los enseres personales de su esposa. Abrió la puerta del garaje y sacó el automóvil a la calle. Pat vio a sus vecinas a todo lo largo de la cuadra y a ambos lados de la calle. Sonrió.

De la misma manera que los niños hacen linternas con calabazas, cortándoles aberturas que semejan los ojos, la nariz y la boca, así el cirujano se abrió camino a través del cráneo, con serrucho y taladro, hasta llegar al cerebro. Luego metió sus manos en la cavidad craneal y tomó el cerebro de la joven madre en sus manos enguantadas y extirpó la sección débil de una arteria importante, a punto de estallar. Con toda delicadeza y ternura, casi con un toque de reverencia, colocó el cerebro nuevamente en su lugar y comenzó la tarea de cerrar la abertura.

Como si fuera el trozo extirpado de una linterna de calabaza, así la sección abierta del cráneo es colocado nuevamente en su lugar y protegido por una placa metálica. Luego se sutura el cuero cabelludo que fue cortado y apartado antes de perforar el cráneo. Sí sobrevivía a la operación, el cabello crecería de nuevo, con el tiempo.

Para el esposo, que esperaba, la operación duró una eternidad. – ¿Vivía aún? ¿Lo reconocería en caso de sobrevivir? ¿Su vida transcurriría en una existencia vegetativa? ¿Sería una maniática o una infantiloide? ¿O sería… te lo ruego Dios, la misma Pat que siempre amé?

Estos eran algunos de los grandes interrogantes que se le plantearon a Olie mientras esperaba y oraba con su rostro húmedo enterrado entre las manos.

- ¿Olie? – La conocida voz del médico lo hizo ponerse de pie de un salto. Miró al sombrío cirujano.

- La operación ha terminado, Olie – Dijo el médico. – Lo único que podemos hacer es esperar… y orar. Han de pasar varios días antes de saber si vivirá y, en caso afirmativo, cuál será su verdadera condición.

Más de eso nada podía esperar Olie.

Su cabeza raspada, envuelta en un vendaje blanco, inmóvil en el centro de la almohada, le daba un aspecto cadavérico. Día tras día, las veinticuatro horas del día las enfermeras aguardaban, esperaba alguna señal de conciencia. ¿Abriría los ojos? ¿Movería sus labios? ¿Volvería a hablar?

A la mañana del cuarto día después de la operación, la enfermera especial que la atendía, que momentáneamente se había dado vuelta, escuchó unas palabras dichas en voz baja pero con toda claridad: – ¿Podría alcanzarme un lápiz labial, por favor?

Al darse vuelta vio que Pat la miraba con sus ojos bien abiertos y alertas, suficientemente bien, desde el punto de vista mental, para querer hermosearse.

Bueno hubiera sido que las frases se repitieran con la misma claridad. Durante las próximas semanas el dañado cerebro de Pat le impedía sostener una conversación normal. Las palabras se mezclaban y no guardaban una lógica secuencia. Para complicar el cuadro su coordinación muscular era deficiente.

Pasaron los meses. Nuevamente pudo asistir a la iglesia en compañía de su familia.

Uno de los miembros de la iglesia le dijo: – Pat, creo que podrías ayudarnos como voluntaria en la escuela que la iglesia dirige para niños retardados. Necesitamos una adulto para que vigile y observe a cada uno de los niños que tengan posibilidades de aprender, ¿Quisieras tratar de ayudar?

¡No fue necesario pedirle dos veces! Esta era la gran oportunidad de demostrar que si bien padecía de una defunción en su lenguaje y en sus movimientos corporales, aún estaba en condiciones de ayudar. Los sucesos que ocurrieron a continuación cambiaron el curso de su vida.

Pat los relata de la siguiente manera:

- Me fijé en Janine, una niña de ocho años de edad, que no contaba con la supervisión de ninguna persona adulta. Cuando inquirí sobre ella me informaron que su existencia no pasaba de ser vegetativa, que las posibilidades de desarrollarse mentalmente eran nulas, que ni siquiera reconocía a su madre y que probablemente nunca aprendería a caminar. Sentí por ella una terrible pena. Me senté en el suelo a su lado. Lo único que hacía era picar papel y chasquear sus barboteantes labios con un dedo. Me invadió la tristeza. La observé. Luego, cuando sus ojos se posaron en los míos, le sonreí. Miró por largo rato mi sonrisa ¡y ocurrió el milagro! Se arrastró a mi lado, enterró su cabecita en mi regazo y lloró desconsoladamente. Mientras le acariciaba suavemente su espalda, mojó mi vestido con sus lágrimas. Elevé una oración a Dios diciéndole:

“sí tan solo un poco de amor le puede hacer tanto a esta criatura, ¿cuánto más podrá hacer el amor sumado a la educación?”

Y en ese preciso instante decidí estudiar y graduarme como sicóloga infantil.

Pat sabía ahora la clase de persona que quería ser. Frente a ella se levantaban obstáculos y barreras al parecer infranqueables. Antes de inscribirse en la Universidad tenía que resolver el problema del transporte. La única forma de hacerlo era por automóvil y nunca había aprendido a dirigir. En su condición actual carecía de la coordinación física necesaria para aprobar el examen de conducción. Se le ocurrió una brillante idea. Haría ejercicios físicos.

Dos años de constantes ejercicios le reportaron espléndidos resultados. Su cuerpo estaba ahora casi en perfectas condiciones. Aprobó el examen de conductor. Había solucionado el problema número uno.

Se inscribió en la Universidad Estatal Californiana de Fullerton, California, pero solamente como alumna académica probando. Su cerebro dañado no le permitía recordar lo que leía en el libro de texto. ¡Pues lo leería de nuevo! ¡Y lo subrayaría! ¡Tomaría apuntes y los aprendería de memoria! En esa primera etapa universitaria no durmió más de tres horas por noche, pero a pesar de ese gran esfuerzo obtuvo bajas notas. Pero no desistió. Año tras año sumó el puntaje que la llevaría al ansiado título.

Trece años después de la intervención quirúrgica, completó el último semestre ¡con un alto promedio! Ahora habla a la perfección. A fuerza de ensayos y experimentos, ideó una técnica que le permitió corregir el problema del lenguaje. A partir de esa experiencia que le permitió superar su propia condición afásica, escribió su tesis para optar a la Licenciatura, titulada:

“Ejercicios a utilizar por los padres de niños afásicos para enseñarles a sus hijos cómo mejorar por sus propios esfuerzos.”

- Doctor Schuller – gritó Pat corriendo a mi encuentro un día después del servicio religioso – ¿Adivine qué? ¡Lo conseguí! Conseguí mi Licenciatura. Y voy a trabajar con niños retardados de las escuelas nacionales. Fue Dios quien lo hizo. Estoy segura de ello. Sentí que Él me estimulaba, me urgía, me empujaba. Mi Dios puede hacer cualquier cosa.

Pat ahora practica activamente la sicología.

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